Rameses remó raudo hasta la orilla, temiendo que aquella
figura se desvaneciese como un espejismo, temiendo volver a perderla. En pocos
minutos alcanzó tierra firme. En los labios de viola, aún joven, se dibujaba
una sonrisa. Su piel violácea estaba sonrojándose a la altura de los pómulos,
tomando un tono más oscuro de lila, casi violeta. Se llevó las manos a la boca,
cubriéndola en gesto de incredulidad. Rameses dejó la barca encallada y salió
corriendo al encuentro de Viola. Frente a frente, cuando se tuvieron el uno
frente al otro… Transcurrió un segundo de miradas cargadas de sentimientos
desbordados transcurrió un segundo de imperceptible pasión, imperceptible
descaro.
Él posó sus majos, ajadas por el paso del tiempo, en los
tersos pómulos de la joven Viola. Sostuvo sus manos en esta posición y cayó al
suelo, llorando. A los pies de la mujer aquel anciano de rudas facciones
lloraba como un niño, como un bebé. Viola se agachó en su encuentro. Su traje
le llegaba hasta los tobillos y ondeaba con la brisa marina, bajo los rayos del
sol, despejando la visión. Ella posó sus manos sobre las de Rameses, las
sostuvo, las alzó hasta la altura de sus labios y los besó con infinita
ternura, cerrando sus ojos para poder volver a oler el perfume de su anciano
amado, de su eterno amigo, de su fiel aliado.
El alzó al fin la vista, destrozado por la espera, ajado por
los años que sobre el pesaban… Enrojecidos, sus ojos se posaron sobre los de
Viola, de un intenso violeta en el que uno podía hundirse tranquilamente. No se
dirigieron una sola palabra, la presencia bastaba, las palabras sobraban. Eran
del todo inútiles para expresar aquella inmensidad que nacía de sus corazones
desbordados en aquel preciso instante. Rameses se irguió sobre sus rodillas y
se fundió en el abrazo que su amada le proporcionó. Aquel abrazo abrigó como
piel de Búfalo en invierno, disipó los miedos y caldeó el corazón del pobre
hombre que se estremecía en sollozos entre los brazos de Viola.
Él
acariciaba los cabellos de la mujer, Viola enredaba sus dedos entre los
interminables bucles de Rameses, jugueteando. Concluido el abrazo se volvieron
a mirar, con más incredulidad que emoción, con más admiración que presencia.
Viola apoyó su frente en la del anciano mientras lo sostuvo por las mandíbulas,
sonriente.
-Ha pasado
tanto tiempo- Dijo el anciano entre sollozos.-Tanto…
Viola volvió
a sonreír, hermosa como el primer día, calmada como solía. Los cabellos violeta
se arremolinaban con el viento, sobre ella, violentos. Ella se fue acercando a
Rameses por momentos, acercó sus labios a los de él hasta que llegaron a
respirar el mismo aire. Y con dudas
salpicando sus párpados Viola, le besó con cariño, con la calidez de tiempo
atrás.
Y, fundidos
en un eterno beso, la imagen se congeló. Como parada en el recuerdo, como un
carrete de un film que se termina. Como na foto, inmóviles junto a la orilla,
aparentemente indemnes… Pero con el corazón devastado por la espera, por el
tiempo pasado.
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