Rameses
surcaba el mar en su pequeña barca. Las manos sobre los remos y la mente en el
recuerdo… Llenando de melancolía el aire. El silencio se apiadaba de su figura,
recortándose en el horizonte, mecida por las mareas. Por la piel del anciano,
cuarteada y arrugada por el transcurso de los años, descendió una lágrima,
conmovida por la pena de aquel hombre. Aquella recorrió el relieve de las
mejillas de Rameses, oscilando ascendentemente y descendiendo en cada pliegue.
El anciano peinaba sus cabellos a cada rato, alborotados por la brisa marina,
acariciados por el espíritu del mar, colmados por el viendo de zéfiro al
soplar. Eran unos cabellos ondulados, canos y largos, que alcanzaban los
hombros del anciano.
Rameses
solía portar una gorra chata que ordenaba en algo su melena, similar a una
boina. El impermeable que llevaba puesto la última vez que salió de la cabaña
le acompañaba, en un rincón de la pequeña barca, junto con sus pensamientos…
cargados de melancolía, que con respeto en aquel rincón fueron depositados.
El sol
acariciaba su piel, la acariciaba con la ternura de una madre, viendo a su hijo
llorar por haberse desollado las rodillas al jugar. Allí yacía, el cuerpo
taciturno de Rameses próximo a la orilla. Rameses deseó desaparecer, podía
morir en aquel mismo instante. Estaba cansado de vivir aquella farsa, de
callar, de vivir silenciando lo que realmente sentía, lo que, en soledad,
pensaba y no decía. Las voces de algún coro próximo a sus emociones se alzaron
conmovidas en un eco, al unísono, por todo el paisaje.
Pasaron las
horas y Rameses no encontró, bajo el telón de sus ojos, más que oscuridad y
silencio, retumbando en sus oídos de una manera antinatural. Aunque, de alguna
manera, también poco natural, él ya había amoldado su cuerpo al silencio, ya se
había acostumbrado.
¡Rameses!
Una voz se
presenció, tajante, en el silencio de su cabeza, llamándole con decisión. En un
principio el anciano hizo caso omiso a
aquello, creyéndose desvariar. Y a los pocos segundos, de nuevo en su mente… ¡Rameses! ¡Rameses levanta! El viejo dio
un respingo y se irguió, pudiendo ver una figura en la orilla. Una figura
inconfundible a sus ojos. Su traje ondulaba al son del viento. Miraba hacia
donde se encontraba él, expectante. Y de repente, como acudiendo de improvisto,
un torrente de lágrimas afloró desde los ojos ajados del anciano, recorriendo
su rostro sonrojado. La barca seguía ondulando en el paisaje y Rameses sin poder
formular una palabra, un pensamiento…nada.
Y su traje apenas podía cubrir el hermoso
lila de su piel violácea… El cariz de la felicidad tenía un color que nace de
las lágrimas del abandono y el fuego del deseo… Eran ardientes y helados los
tonos de la felicidad… Eran todos en uno en tu rostro rebosante de beldad. Eras
tú, mi Viola, mi dulce Viola, después de siglos de oscuridad… Que viniste a
encender las luces de éste aciago cuarto, después de los años y el trascurso
del tiempo. Mi amada, por siempre, Viola.
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