jueves, 10 de abril de 2014

El color de la felicidad-The Unknown (73)

Rameses surcaba el mar en su pequeña barca. Las manos sobre los remos y la mente en el recuerdo… Llenando de melancolía el aire. El silencio se apiadaba de su figura, recortándose en el horizonte, mecida por las mareas. Por la piel del anciano, cuarteada y arrugada por el transcurso de los años, descendió una lágrima, conmovida por la pena de aquel hombre. Aquella recorrió el relieve de las mejillas de Rameses, oscilando ascendentemente y descendiendo en cada pliegue. El anciano peinaba sus cabellos a cada rato, alborotados por la brisa marina, acariciados por el espíritu del mar, colmados por el viendo de zéfiro al soplar. Eran unos cabellos ondulados, canos y largos, que alcanzaban los hombros del anciano.
Rameses solía portar una gorra chata que ordenaba en algo su melena, similar a una boina. El impermeable que llevaba puesto la última vez que salió de la cabaña le acompañaba, en un rincón de la pequeña barca, junto con sus pensamientos… cargados de melancolía, que con respeto en aquel rincón fueron depositados.

La marea seguía meciendo la barca con cariño, como si se tratara de un pequeño niño, como un recién nacido a punto de caer dormido. Fruto de su soledad, Rameses había cultivado las ramas del olvido en su jardín particular. Y las había regado con melancolía, con esa dulce tristeza que a otros atraía y que a él solo le servía de sustento para su planta de la soledad, arraigada en su corazón. Aquel músculo marchito que había quedado tostado por las olas del sol, tan arrugado como la piel del anciano. Hastiado, dolido, resignado a ver el tiempo pasar, sin vida, sin poder realmente amar. Rameses se recostó sobre el lecho de la barca, dejando caer el telón de sus párpados, dejándose llevar por las olas de la melancolía, en silencio, mudo en mitad de sus pensamientos.

El sol acariciaba su piel, la acariciaba con la ternura de una madre, viendo a su hijo llorar por haberse desollado las rodillas al jugar. Allí yacía, el cuerpo taciturno de Rameses próximo a la orilla. Rameses deseó desaparecer, podía morir en aquel mismo instante. Estaba cansado de vivir aquella farsa, de callar, de vivir silenciando lo que realmente sentía, lo que, en soledad, pensaba y no decía. Las voces de algún coro próximo a sus emociones se alzaron conmovidas en un eco, al unísono, por todo el paisaje.

Pasaron las horas y Rameses no encontró, bajo el telón de sus ojos, más que oscuridad y silencio, retumbando en sus oídos de una manera antinatural. Aunque, de alguna manera, también poco natural, él ya había amoldado su cuerpo al silencio, ya se había acostumbrado.

¡Rameses!
Una voz se presenció, tajante, en el silencio de su cabeza, llamándole con decisión. En un principio el anciano  hizo caso omiso a aquello, creyéndose desvariar. Y a los pocos segundos, de nuevo en su mente… ¡Rameses! ¡Rameses levanta! El viejo dio un respingo y se irguió, pudiendo ver una figura en la orilla. Una figura inconfundible a sus ojos. Su traje ondulaba al son del viento. Miraba hacia donde se encontraba él, expectante. Y de repente, como acudiendo de improvisto, un torrente de lágrimas afloró desde los ojos ajados del anciano, recorriendo su rostro sonrojado. La barca seguía ondulando en el paisaje y Rameses sin poder formular una palabra, un pensamiento…nada.

Y su traje apenas podía cubrir el hermoso lila de su piel violácea… El cariz de la felicidad tenía un color que nace de las lágrimas del abandono y el fuego del deseo… Eran ardientes y helados los tonos de la felicidad… Eran todos en uno en tu rostro rebosante de beldad. Eras tú, mi Viola, mi dulce Viola, después de siglos de oscuridad… Que viniste a encender las luces de éste aciago cuarto, después de los años y el trascurso del tiempo. Mi amada, por siempre, Viola.









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