martes, 1 de abril de 2014

Desperfectos. Un nuevo mañana. Mike.-THE UNKNOWN



Mike era un chico muy dulce. Su voz mis mañanas endulzaba y su piano por las noches me despertaba. Era un chico en armonía, hermoso y, a su manera, muy cuidadoso. Cada mañana llenaba mi habitación de rosas recién cortadas. Cada mañana, con un beso me levantaba. Solía acariciar mi rostro y, cuando yo entreabría los ojos al fin, me miraba con aquellos ojos llenos de mar, con aquellos preciosos ojos llenos de mar. Sus besos eran cálidos, eran muy tiernos. Eran como estar en casa. Sus caricias me despertaban y me regalaban un nuevo mañana. La habitación estaba llena de sol, llena de la luz del sol. Y Mike vestía una camiseta blanca de algodón y unos pantalones vaqueros azules. Acababa de traerme mi racimo diario de rosas. Lo sabía porque sus manos aún estaban impregnadas de aquella idílica fragancia.
 Su piano no eludía mis sentidos, los excitaba. Exaltaba mi capacidad para apreciar la música y me extasiaba, de alguna manera Mike era un pedacito de mar. Un pedacito de cielo que vino a mi cuando yo en este lugar aparecí. No se puede decir que le quiero, no puedo decir que le ame. Pues solo amas verdaderamente una vez en la vida, más las demás veces son un intento desesperado de reencontrarte con las mismas excelsas y sublimes sensaciones que trajeron la vez primera. Pero, de alguna forma, mi simpatía por él era algo más que mera simpatía y algo menos que amor, dulce ambrosía. Y el percibía ese lánguido afecto, ese esquelético amor que caminaba por mi pecho y merodeaba en mi interior.
Cada noche Mike lloraba, amargamente frente al piano se desahogaba. Y yo no podía  ignorar su pena, su dulce pena. Era bien cierto que Mike, con una sola mirada lograba llenar mis ojos de estrellas, mi cama de  sueños y mi almohada de desvelos. Mas no era amor aquello que yo siento ¡No! No es amor.
Yo sé que él, Mike, mi dulce  Mike, en muchas ocasiones no es capaz de verbalizar lo que piensa, de materializar lo que siente. Y, fruto de su mutismo, mudo se encarcela e su interior. Mudo, acariciabas mi corazón. Aquella noche Mike no paró de tocar el piano. El piano sonó hasta las 5 de la mañana. Fue un día especialmente duro para él, sabiendo que mi corazón le pertenecía a otra persona ¿Quién podría llevar esa carga? Nadie más que yo, pero ¿Por qué él? ¿Por qué este dolor para él? ¿No era una maldición propia? ¿Por qué se esparció el dolor, pues? Aquella noche yo vestía un camisón de seda, se ajustaba a mi cuerpo y, en algunas zonas dejaba ver el cariz violáceo de mi piel tersa como la misma seda que la cubría. Mike cesó su sonata, cesó el llanto y vino a mi encuentro. A los pies de mi cama él se descalzó. Caminó por ella hasta que me encontró recostada sobre su lecho y con la mirada clavada en sus ojos llenos de mar, en aquel pedazo de cielo sin nube alguna que lo pudiera enturbiar. Pero aquel pedazo de cielo estaba cansado de llorar. Enrojecidos, cerró los ojos y acercó su rostro al mío. Le acaricié, acaricie con inmensa ternura su piel. Su rostro era delicado, como todo su ser. A penas crecía barba en su mentó, otorgándole una gran suavidad. Mike volvió a abrir los ojos. Susurró mi nombre y, mientras los entrecerraba, sus labios presionaron los míos con la misma ternura de siempre. Me besó, se recostó sobre mí y me besó llenando mi cuerpo de besos. Mike sostenía mi rostro y yo deslicé mis manos por su cabellera, acariciándole. Paró. Paró por unos segundos y se mantuvo mirándome con aquellos preciosos ojos llenos de mar. Yo no pude evitar ruborizarme. Me abrazó y cayó en un profundo sueño que le llenó de paz. Al fin, la paz que, despierto, no pudo alcanzar.





 https://www.youtube.com/watch?v=-rzPmH0cdDo&list=RD_osc6a-DaAQ

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