Mike era un chico muy dulce. Su voz mis mañanas endulzaba y
su piano por las noches me despertaba. Era un chico en armonía, hermoso y, a su
manera, muy cuidadoso. Cada mañana llenaba mi habitación de rosas recién
cortadas. Cada mañana, con un beso me levantaba. Solía acariciar mi rostro y,
cuando yo entreabría los ojos al fin, me miraba con aquellos ojos llenos de
mar, con aquellos preciosos ojos llenos de mar. Sus besos eran cálidos, eran
muy tiernos. Eran como estar en casa. Sus caricias me despertaban y me
regalaban un nuevo mañana. La habitación estaba llena de sol, llena de la luz
del sol. Y Mike vestía una camiseta blanca de algodón y unos pantalones vaqueros
azules. Acababa de traerme mi racimo diario de rosas. Lo sabía porque sus manos
aún estaban impregnadas de aquella idílica fragancia.
Su piano no eludía
mis sentidos, los excitaba. Exaltaba mi capacidad para apreciar la música y me
extasiaba, de alguna manera Mike era un pedacito de mar. Un pedacito de cielo
que vino a mi cuando yo en este lugar aparecí. No se puede decir que le quiero,
no puedo decir que le ame. Pues solo amas verdaderamente una vez en la vida, más
las demás veces son un intento desesperado de reencontrarte con las mismas
excelsas y sublimes sensaciones que trajeron la vez primera. Pero, de alguna
forma, mi simpatía por él era algo más que mera simpatía y algo menos que amor,
dulce ambrosía. Y el percibía ese lánguido afecto, ese esquelético amor que
caminaba por mi pecho y merodeaba en mi interior.
Cada noche Mike lloraba, amargamente frente al piano se
desahogaba. Y yo no podía ignorar su
pena, su dulce pena. Era bien cierto que Mike, con una sola mirada lograba
llenar mis ojos de estrellas, mi cama de
sueños y mi almohada de desvelos. Mas no era amor aquello que yo siento ¡No!
No es amor.
Yo sé que él, Mike, mi dulce
Mike, en muchas ocasiones no es capaz de verbalizar lo que piensa, de
materializar lo que siente. Y, fruto de su mutismo, mudo se encarcela e su
interior. Mudo, acariciabas mi corazón. Aquella noche Mike no paró de tocar el
piano. El piano sonó hasta las 5 de la mañana. Fue un día especialmente duro
para él, sabiendo que mi corazón le pertenecía a otra persona ¿Quién podría
llevar esa carga? Nadie más que yo, pero ¿Por qué él? ¿Por qué este dolor para
él? ¿No era una maldición propia? ¿Por qué se esparció el dolor, pues? Aquella
noche yo vestía un camisón de seda, se ajustaba a mi cuerpo y, en algunas zonas
dejaba ver el cariz violáceo de mi piel tersa como la misma seda que la cubría.
Mike cesó su sonata, cesó el llanto y vino a mi encuentro. A los pies de mi
cama él se descalzó. Caminó por ella hasta que me encontró recostada sobre su
lecho y con la mirada clavada en sus ojos llenos de mar, en aquel pedazo de
cielo sin nube alguna que lo pudiera enturbiar. Pero aquel pedazo de cielo
estaba cansado de llorar. Enrojecidos, cerró los ojos y acercó su rostro al
mío. Le acaricié, acaricie con inmensa ternura su piel. Su rostro era delicado,
como todo su ser. A penas crecía barba en su mentó, otorgándole una gran suavidad.
Mike volvió a abrir los ojos. Susurró mi nombre y, mientras los entrecerraba,
sus labios presionaron los míos con la misma ternura de siempre. Me besó, se
recostó sobre mí y me besó llenando mi cuerpo de besos. Mike sostenía mi rostro
y yo deslicé mis manos por su cabellera, acariciándole. Paró. Paró por unos segundos
y se mantuvo mirándome con aquellos preciosos ojos llenos de mar. Yo no pude
evitar ruborizarme. Me abrazó y cayó en un profundo sueño que le llenó de paz.
Al fin, la paz que, despierto, no pudo alcanzar.
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