Los años se sucedían en lo que parecía ser la tregua de las
naciones del este. Todos disfrutaban de la paz y, con ella, el silencio y
preludio de algo terrible que se cerniría sobre aquellos días de felicidad y
esparcimiento. Los reinos de las cumbres borrascosas eran un conjunto de
ciudades establecidas en la cumbre de las montañas de las que emanaba un
codiciado poder. Poder que no existía bajo la ignorancia de ningún ambicioso
ser que merodease la zona. La tregua se
pactó entre los 5 reyes de las cumbres y los habitantes de las zonas más
agrestes del éste, los habitantes del desierto de Anán. Zona que se situaba
entre las lindes más meridionales del este y las fronteras de la esfera celeste
del poblado de gentes habitando en ocre.
Los rumores acerca de maldiciones, de conjuros malignos y
malignas intenciones se esparcían sobre las colinas de aquellas montañas hasta
llegar a oídos de la familia real. Aunque hasta el momento carecían de
concreciones ya se había trazado un plan para sobrevenir el golpe de aquellos
nigromantes ávidos de poder, aunque aquel plan no dejara ilesos los intereses
de todos y ni mucho menos respetara el divino destino de tal divina familia.
El olor de la guerra se acercaba y el nervio en el aire se
palpaba. Era como una sirena que no paraba de sonar, describiendo la tensión de
aquellos que horribles decisiones tendrían que tomar. ¿Quién nos mandaría la sangre
azul ostentar? ¿Quién nos mandaría reinar bajo esta naturaleza divinal? ¿Acaso
los dioses, fruto de las guerras, bajo la desgracia se ven arrodillar?
¡Mis rodillas no han de rozar el albero, ni posarse al
menos!-Retumbaba la ira y el miedo entre los muros de cristal azul turquí en
los aposentos reales-.
En sus ojos una lágrima,
en el pensamiento un
anhelo, en
el corazón dagas de cristal
y en su tez de tinte
moreno
el recuerdo de lo que
pudo ser
y nunca será.
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