lunes, 7 de abril de 2014

La beldad de Rameses. En busca del atardecer-The Unknown

Rameses se encontraba caminando hacia el atardecer. En sus pupilas no se inscribían las llamaradas que sol le regalaba, no había, al fin y al cabo, nada. En ellas moraba el vacío que el instinto proporciona, en ellas un vacío que conmociona. Pero en su pecho... En su pecho se relataba otra historia completamente diferente. Era en su corazón donde las emociones se inflaban como pompas de jabón para, con gran intensidad, explotar en el aire... como su alegoría de jabón. Era amor, el amor que durante años se había mantenido vivo en las brasas de su alma, en las llagas de su corazón.

Aunque no siempre fue así, no siempre se mantuvo como un rescoldo, como el resquicio de las llamaradas. Con la pérdida transcurrieron los años con suma lentitud y, con los años transcurrió la pérdida con gran dolor. Las primeras semanas Rameses permaneció en una burbuja de irrealidad, como sumergido en la inconsciencia que un golpe tal proporciona, como queriendo escapar de las evidencias, de las garras de la propia realidad. Rameses se mantuvo, por semanas, tumbado en su cama. Se la habían arrebatado- Comenzó a asumir la realidad. No podía ni si quiera hablar, ni discutir con quien, hasta escaso tiempo, había sido su amada. Mas el tiempo y la distancia no hacían más que evidenciar que nunca dejó de serlo que, mientras él la amara siempre se pertenecerían el uno al otro. Pues en el subconsciente de este pobre hombre vivía con claridad la certeza de que, de alguna forma, Viola seguía pensando en él. De que Viola, estuviera donde estuviera, seguía viviendo entre suspiros que no pertenecían a nadie más que a él.

Y aunque se hubiera ido, incluso aunque ya nunca volvieran a coincidir en el espacio-tiempo, aunque eso se diera sus corazones seguirían ladrando como uno solo, como perros vagabundos en busca de un techo bajo el que resguardarse... que eran el uno para el otro, el hogar. Y es que era en este caso el corazón el portador de certezas y conclusiones y no la razón, como antes solía ser.

Rameses siempre pensó que
si tienes corazón debes usarlo,
darle vida, entregarlo.
Con pasión su vida vivía.
Cultivó multitud de hobbies
y el trabajo no lo eludía.
Era un trabajador de noche y de día.
Era un hombre del día
que por la noche vivía.
Paradojas sin sentido escribía,
mas su corazón con fuerza las fruncía
y con más fuerza aún latía.
Sintiéndose poseedor de verdades del alma,
de verdades inmortales.

Eran este tipo de evidencias y su forma de vivir las que conservaron a Rameses durante largo tiempo. El dolor fue remitiendo y convirtiéndose en la fogata latente y dormida que ahora vivía, instalada, e su pecho. Y así transcurrieron los años y las décadas, en su cabaña en mitad de la pradera. Su existencia era muy solitaria. Llevaba una vida en soledad, atendiendo sus asuntos y cultivando el campo con dedicación. Era un buen jornalero y un gran coleccionista de pipas. Mas un día todo esto, en pequeños ápices y a grandes rasgos, cambió.

Rameses se encontraba arando el campo y cortando trigo con su azada. Era un día soleado y el calor estaba haciendo de la jornada algo bastante pesado. El calor evaporaba el agua del rocío y hacía ascender, desde los extensos campos de trigo y los arrozales un humo blanquecino que se difuminaba en el aire y desaparecía, dando un toque desértico y tenebroso al paisaje. De repente, no muy lejos de él, en el camino, una figura. Rameses alzó el torso y la mirada para observar a una hermosísima muchacha envuelta en lágrimas y embutida en un precioso traje que le daba aspecto de muñeca de porcelana. Pero pocos segundos después de haberla avistado, ésta se desplomó sobre el albero del camino, como un árbol recién talado.


Desde aquel día Rameses cuidó de la misteriosa muchacha sin hacer preguntas ni inquerir respuestas.

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