Rameses
se encontraba caminando hacia el atardecer. En sus pupilas no se
inscribían las llamaradas que sol le regalaba, no había, al fin y
al cabo, nada. En ellas moraba el vacío que el instinto proporciona,
en ellas un vacío que conmociona. Pero en su pecho... En su pecho se
relataba otra historia completamente diferente. Era en su corazón
donde las emociones se inflaban como pompas de jabón para, con gran
intensidad, explotar en el aire... como su alegoría de jabón. Era
amor, el amor que durante años se había mantenido vivo en las
brasas de su alma, en las llagas de su corazón.
Aunque
no siempre fue así, no siempre se mantuvo como un rescoldo, como el
resquicio de las llamaradas. Con la pérdida transcurrieron los años
con suma lentitud y, con los años transcurrió la pérdida con gran
dolor. Las primeras semanas Rameses permaneció en una burbuja de
irrealidad, como sumergido en la inconsciencia que un golpe tal
proporciona, como queriendo escapar de las evidencias, de las garras
de la propia realidad. Rameses se mantuvo, por semanas, tumbado en su
cama. Se la habían arrebatado- Comenzó a asumir la realidad. No
podía ni si quiera hablar, ni discutir con quien, hasta escaso
tiempo, había sido su amada. Mas el tiempo y la distancia no hacían
más que evidenciar que nunca dejó de serlo que, mientras él la
amara siempre se pertenecerían el uno al otro. Pues en el
subconsciente de este pobre hombre vivía con claridad la certeza de
que, de alguna forma, Viola seguía pensando en él. De que Viola,
estuviera donde estuviera, seguía viviendo entre suspiros que no
pertenecían a nadie más que a él.
Y
aunque se hubiera ido, incluso aunque ya nunca volvieran a coincidir
en el espacio-tiempo, aunque eso se diera sus corazones seguirían
ladrando como uno solo, como perros vagabundos en busca de un techo
bajo el que resguardarse... que eran el uno para el otro, el hogar. Y
es que era en este caso el corazón el portador de certezas y
conclusiones y no la razón, como antes solía ser.
Rameses
siempre pensó que
si
tienes corazón debes usarlo,
darle
vida, entregarlo.
Con
pasión su vida vivía.
Cultivó
multitud de hobbies
y
el trabajo no lo eludía.
Era
un trabajador de noche y de día.
Era
un hombre del día
que
por la noche vivía.
Paradojas
sin sentido escribía,
mas
su corazón con fuerza las fruncía
y
con más fuerza aún latía.
Sintiéndose
poseedor de verdades del alma,
de
verdades inmortales.
Eran
este tipo de evidencias y su forma de vivir las que conservaron a
Rameses durante largo tiempo. El dolor fue remitiendo y
convirtiéndose en la fogata latente y dormida que ahora vivía,
instalada, e su pecho. Y así transcurrieron los años y las décadas,
en su cabaña en mitad de la pradera. Su existencia era muy
solitaria. Llevaba una vida en soledad, atendiendo sus asuntos y
cultivando el campo con dedicación. Era un buen jornalero y un gran
coleccionista de pipas. Mas un día todo esto, en pequeños ápices y
a grandes rasgos, cambió.
Rameses
se encontraba arando el campo y cortando trigo con su azada. Era un
día soleado y el calor estaba haciendo de la jornada algo bastante
pesado. El calor evaporaba el agua del rocío y hacía ascender,
desde los extensos campos de trigo y los arrozales un humo
blanquecino que se difuminaba en el aire y desaparecía, dando un
toque desértico y tenebroso al paisaje. De repente, no muy lejos de
él, en el camino, una figura. Rameses alzó el torso y la mirada
para observar a una hermosísima muchacha envuelta en lágrimas y
embutida en un precioso traje que le daba aspecto de muñeca de
porcelana. Pero pocos segundos después de haberla avistado, ésta se
desplomó sobre el albero del camino, como un árbol recién talado.
Desde
aquel día Rameses cuidó de la misteriosa muchacha sin hacer
preguntas ni inquerir respuestas.

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