jueves, 10 de abril de 2014

El vals imaginario-The Unknown

La princesa dragón miraba a través de la ventana de su habitación, en el gran castillo que su visión circunvalaba. La mañana se dibujaba nublosa y su visión, con calma, peinaba el jardín de palacio. Despacio, ascendía por la corteza de los árboles, parando en la punta de las ramas, retorcidas y enrevesadas con el transcurso del tiempo. El jardín estaba bien cuidado, divido por vallas que lo cercaban y lo limitaban. Los animales de palacio campaban a sus anchas por él, como en el jardín del Edén.
Paradójica era su situación, presa del paraíso, el infierno en su interior.
Las cortinas de color claro se posaban sobre sus hombros, con la marca del pasado. Todos sus anhelos eran memoria, eran olvidados. Pues como princesa le llamaban sus recados. Sus obligaciones se lo habían vedado, arrebatado.

La princesa dragón, Ofelia, quién había olvidado que poseía un corazón, pudo ver como todos sus sueños y aspiraciones se hundía en el lago, como piedras en el lago. Ante aquella deprimente visión, viró su mirada de los cuervos y los pavos reales del jardín para, girando sobre sus talones, marchar a otro punto de la habitación. La princesa soñaba con llevar una vida normal, en el poblado, junto a los mortales. A ella todas las cortesías y protocolos encorsetaban su alma apacible y solitaria… deseando vagar como un corcel salvaje por las praderas vírgenes que ante sus ojos se extendían. Ella era parte de la naturaleza, ésta vivía dentro de ella y, en sueños, la princesa se fundía con el bosque en un solo ser informe. Si el sol alumbraba y la noche traía penumbras eso a ella para nada le importaba. Los días se veían sumidos en el desorden al que un remolino somete lo que entra dentro de él.

La princesa comenzó a bailar, girado, dando vueltas alrededor del cuarto. Sobre as puntas de sus pies, con los brazos formando un arco, subiendo y bajando, con gráciles gestos, en silencio… De fondo sonaba su antigua gramola, una herencia de familia. Era un piano, y ella bailaba al son de las innumerables notas que se esparcían por la estancia. Era una canción muy famosa en aquella época, en tiempos pasados. Su autor era un músico apesadumbrado, según le contó su madre cuando ella era muy pequeña. Se llamaba Mike Schuster y provenía del poblado, aquel hermoso poblado que se alzaba en los límites del reino. Aquel lugar al que la princesa se sentía pertenecer. Y como fruto de un magnífico hechizo, el pianista plasmó sus sentimientos en aquella abrumadora melodía. Era abrumadora por la cantidad de compases, de notas complejas que lo componían. La princesa solía jugar a imaginarse siendo el famoso pianista atormentado, jugaba a imaginar sus sentimientos segundos antes de componer aquella maravilla. Ella suponía que eran sentimientos muy hondos, que habrían calado en su alma y, estaba claro, eran unos sentimientos de una tristeza tal que, cuando oías la canción, no podías evitar liberar un par de lágrimas.

Tan brillante era aquella composición que Schuster, su autor, pudo vivir bien de lo que le rentaba, sin tener que volver a hacer ningún trabajo más para subsistir. Y, efectivamente, tras crear aquel deleite para el alma, el piano de Schuster enmudeció hasta el día de su muerte, consumido por sus sentimientos. Mike Schuster murió en una tremenda soledad y vivió la más grande de las penas, aquella que le consumió en vida.
Ofelia se preguntaba cuál podría haber sido el motivo de tal pena, el motivo de aquella enfermedad que se lo llevó a la tumba enfermo. Cerraba los ojos, sentada sobre el arcón a los pies de la cama, y jugaba a imaginarse a Mike junto a su piano, sonriendo por última vez. Antes de que la pena sobre él se cerniera, antes de componer su última y excelsa melodía.
Ofelia inspiró una larga bocanada de aire y, al fin, abrió los ojos llenos de lágrimas. La gramola había enmudecido, la sonata de soledad había concluido. Pero una sonrisa se dibujaba en el rostro de la princesa, como meciéndose entre sentimientos encontrados, como embargada por una gigantesca empatía que la abordaba sin compasión. Anhelaba a ese hombre, lo anhelaba sin razón y se apenaba por su enfermedad, cruel maldición. Si no fuera porque casi un siglo  de distancia temporal los separaba, estaba segura de que hubiera escapado, hubiera corrido durante días hasta alcanzar el poblado. Habría llamado a la puerta del músico y, tras observar sus ojos enjugados en lágrimas por un eterno instante de belleza, le habría abrazado poniendo todo su corazón en ello. No es que la princesa fuera una persona pasional o impulsiva, no. Era una persona más bien introvertida, solitaria y, en secreto, una persona tremendamente empática. Más no empatizaba con cualquiera. Era una persona que sentía, desde lo más hondo de su fuero interno, que había venido a este mundo para “conectar” con alguien. Y sentía que ese alguien era el señor Schuster. Más que maldita tragedia se cernía sobre los hombros de la muchacha, que había ido a nacer 80 años después de que el compositor feneciera consumido por la pena y la soledad.
Ofelia levantó la aguja y volvió a poner la gramola en funcionamiento, deseando volver a escuchar aquella melodía que hacía a su imaginación volar y que junto a Schuster la llevaba.
Era pues la princesa como aquellos campos vírgenes sobre los cuales soñaba con trotar libre, era tan pura como los árboles del gran bosque. Aquel bosque que separaban sus reinos del poblado, en las lindes del reinado. Ofelia se creyó volar, levitaba en su imaginación junto a las notas de aquella persona tan lejana que sentía tan cerca de ella. Era un completo desconocido, alguien a quien nadie más volvería a conocer, pues su tiempo expiró y por siempre en un desconocido se convirtió. Volando entre las notas de Mike, Ofelia pudo verle. En el recuerdo del mundo del más allá unas imágenes se colaron en su mente. Como si de un film antiguo se tratase, de color sepia se iban sucediendo las imágenes. Ella las observaba expectante con la emoción de un niño en navidad, el día antes.

Schuster aparecía sentado frente a su piano y había una mujer, agazapada, a su lado. Se miraban con la intensidad de unos enamorados, con la gravedad del amor.  Él sonreía, sincero, sumido en la conexión visual que establecía con la mujer, a su lado. El sol entraba por el ventanal, que se situaba al fondo de la estancia, iluminándola con un cariz cálido que otorgaban los rayos de sol al traspasar las cortinas color crema. Ella alzó su mano derecha, su mano izquierda reposaba sobre la rodilla derecha de Mike, en un gesto de cariño, acarició su rostro y él inclinó ligeramente la cabeza mientras cerraba los ojos y se sumía en la hilaridad que aquello le producía.

De repente, Ofelia abrió los ojos y volvió a la realidad. Embargada por la emoción escribió un poema, un poema que dedicó a Schuster, titulado “ El vals imaginario”.



















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