viernes, 11 de abril de 2014

La locura del arte.

Hace unos días estuve pensando a cerca de por qué se relaciona tanto a las creaciones artísticas con la locura. Y dado a mi proximidad a estos círculos me gustaría emitir una opinión.

Por un lado me gustaría ponerme de acuerdo con ésta afirmación y contradecirla a lo largo del párrafo.

Si es cierto que se puede ver en el arte el elemento irracional o no sujeto a la lógica. Y, teniendo en cuenta que la locura podría entenderse como un punto  de distanciamiento de la realidad, aquí habría algo de relación entre arte y locura, pero los creo sutiles. Los artistas, personas con una capacidad de crear desarrollada... ¿podríamos tacharlos de enfermos mentales? ¿Van los enfermos mentales, pues, a las aulas de la facultad de bellas artes? Creo que no. Y defiendo esto precisamente por que un enfermo mental, dependiendo del grado de su enfermedad, ve limitada su capacidad de llevar una vida normal y hacer cosas que, para el grueso de la población, son triviales y comunes. Por ello, en este aspecto, concluiría que sí que puede que muchos artistas pequen de tener un ego sobredimensionado pero no de enfermedad mental, que es otro grado.
También me gustaría añadir que, en muchas obras de arte contemporáneo, arte conceptual.. se tacha de absurdas, ridículas o "locas" algunas obras en las que,con poco esfuerzo que se invierta en informarse y tratar de comprenderlas, se puede llegar a captar la simplicidad o complejidad del mensaje que las vertebra, cobrando sentido en conjunto y dejando de ser algo caprichoso, irracional o loco.


jueves, 10 de abril de 2014

Viola en la orilla-The Unknown

Rameses remó raudo hasta la orilla, temiendo que aquella figura se desvaneciese como un espejismo, temiendo volver a perderla. En pocos minutos alcanzó tierra firme. En los labios de viola, aún joven, se dibujaba una sonrisa. Su piel violácea estaba sonrojándose a la altura de los pómulos, tomando un tono más oscuro de lila, casi violeta. Se llevó las manos a la boca, cubriéndola en gesto de incredulidad. Rameses dejó la barca encallada y salió corriendo al encuentro de Viola. Frente a frente, cuando se tuvieron el uno frente al otro… Transcurrió un segundo de miradas cargadas de sentimientos desbordados transcurrió un segundo de imperceptible pasión, imperceptible descaro.
Él posó sus majos, ajadas por el paso del tiempo, en los tersos pómulos de la joven Viola. Sostuvo sus manos en esta posición y cayó al suelo, llorando. A los pies de la mujer aquel anciano de rudas facciones lloraba como un niño, como un bebé. Viola se agachó en su encuentro. Su traje le llegaba hasta los tobillos y ondeaba con la brisa marina, bajo los rayos del sol, despejando la visión. Ella posó sus manos sobre las de Rameses, las sostuvo, las alzó hasta la altura de sus labios y los besó con infinita ternura, cerrando sus ojos para poder volver a oler el perfume de su anciano amado, de su eterno amigo, de su fiel aliado.
El alzó al fin la vista, destrozado por la espera, ajado por los años que sobre el pesaban… Enrojecidos, sus ojos se posaron sobre los de Viola, de un intenso violeta en el que uno podía hundirse tranquilamente. No se dirigieron una sola palabra, la presencia bastaba, las palabras sobraban. Eran del todo inútiles para expresar aquella inmensidad que nacía de sus corazones desbordados en aquel preciso instante. Rameses se irguió sobre sus rodillas y se fundió en el abrazo que su amada le proporcionó. Aquel abrazo abrigó como piel de Búfalo en invierno, disipó los miedos y caldeó el corazón del pobre hombre que se estremecía en sollozos entre los brazos de Viola.
Él acariciaba los cabellos de la mujer, Viola enredaba sus dedos entre los interminables bucles de Rameses, jugueteando. Concluido el abrazo se volvieron a mirar, con más incredulidad que emoción, con más admiración que presencia. Viola apoyó su frente en la del anciano mientras lo sostuvo por las mandíbulas, sonriente.
-Ha pasado tanto tiempo- Dijo el anciano entre sollozos.-Tanto…
Viola volvió a sonreír, hermosa como el primer día, calmada como solía. Los cabellos violeta se arremolinaban con el viento, sobre ella, violentos. Ella se fue acercando a Rameses por momentos, acercó sus labios a los de él hasta que llegaron a respirar el mismo aire.  Y con dudas salpicando sus párpados Viola, le besó con cariño, con la calidez de tiempo atrás.


Y, fundidos en un eterno beso, la imagen se congeló. Como parada en el recuerdo, como un carrete de un film que se termina. Como na foto, inmóviles junto a la orilla, aparentemente indemnes… Pero con el corazón devastado por la espera, por el tiempo pasado.

El egoísmo de los reinos de las cumbres borrascosas-The Unknown

Los años se sucedían en lo que parecía ser la tregua de las naciones del este. Todos disfrutaban de la paz y, con ella, el silencio y preludio de algo terrible que se cerniría sobre aquellos días de felicidad y esparcimiento. Los reinos de las cumbres borrascosas eran un conjunto de ciudades establecidas en la cumbre de las montañas de las que emanaba un codiciado poder. Poder que no existía bajo la ignorancia de ningún ambicioso ser que  merodease la zona. La tregua se pactó entre los 5 reyes de las cumbres y los habitantes de las zonas más agrestes del éste, los habitantes del desierto de Anán. Zona que se situaba entre las lindes más meridionales del este y las fronteras de la esfera celeste del poblado de gentes habitando en ocre.
Los rumores acerca de maldiciones, de conjuros malignos y malignas intenciones se esparcían sobre las colinas de aquellas montañas hasta llegar a oídos de la familia real. Aunque hasta el momento carecían de concreciones ya se había trazado un plan para sobrevenir el golpe de aquellos nigromantes ávidos de poder, aunque aquel plan no dejara ilesos los intereses de todos y ni mucho menos respetara el divino destino de tal divina familia.
El olor de la guerra se acercaba y el nervio en el aire se palpaba. Era como una sirena que no paraba de sonar, describiendo la tensión de aquellos que horribles decisiones tendrían que tomar. ¿Quién nos mandaría la sangre azul ostentar? ¿Quién nos mandaría reinar bajo esta naturaleza divinal? ¿Acaso los dioses, fruto de las guerras, bajo la desgracia se ven arrodillar?
¡Mis rodillas no han de rozar el albero, ni posarse al menos!-Retumbaba la ira y el miedo entre los muros de cristal azul turquí en los aposentos reales-.





En sus ojos una lágrima,                                                                                                                           en el pensamiento un anhelo,                                                                                                                              en el corazón dagas de cristal                                                                                      
y en su tez de tinte moreno
el recuerdo de lo que pudo ser      

y nunca será.

El vals imaginario-The Unknown

La princesa dragón miraba a través de la ventana de su habitación, en el gran castillo que su visión circunvalaba. La mañana se dibujaba nublosa y su visión, con calma, peinaba el jardín de palacio. Despacio, ascendía por la corteza de los árboles, parando en la punta de las ramas, retorcidas y enrevesadas con el transcurso del tiempo. El jardín estaba bien cuidado, divido por vallas que lo cercaban y lo limitaban. Los animales de palacio campaban a sus anchas por él, como en el jardín del Edén.
Paradójica era su situación, presa del paraíso, el infierno en su interior.
Las cortinas de color claro se posaban sobre sus hombros, con la marca del pasado. Todos sus anhelos eran memoria, eran olvidados. Pues como princesa le llamaban sus recados. Sus obligaciones se lo habían vedado, arrebatado.

La princesa dragón, Ofelia, quién había olvidado que poseía un corazón, pudo ver como todos sus sueños y aspiraciones se hundía en el lago, como piedras en el lago. Ante aquella deprimente visión, viró su mirada de los cuervos y los pavos reales del jardín para, girando sobre sus talones, marchar a otro punto de la habitación. La princesa soñaba con llevar una vida normal, en el poblado, junto a los mortales. A ella todas las cortesías y protocolos encorsetaban su alma apacible y solitaria… deseando vagar como un corcel salvaje por las praderas vírgenes que ante sus ojos se extendían. Ella era parte de la naturaleza, ésta vivía dentro de ella y, en sueños, la princesa se fundía con el bosque en un solo ser informe. Si el sol alumbraba y la noche traía penumbras eso a ella para nada le importaba. Los días se veían sumidos en el desorden al que un remolino somete lo que entra dentro de él.

La princesa comenzó a bailar, girado, dando vueltas alrededor del cuarto. Sobre as puntas de sus pies, con los brazos formando un arco, subiendo y bajando, con gráciles gestos, en silencio… De fondo sonaba su antigua gramola, una herencia de familia. Era un piano, y ella bailaba al son de las innumerables notas que se esparcían por la estancia. Era una canción muy famosa en aquella época, en tiempos pasados. Su autor era un músico apesadumbrado, según le contó su madre cuando ella era muy pequeña. Se llamaba Mike Schuster y provenía del poblado, aquel hermoso poblado que se alzaba en los límites del reino. Aquel lugar al que la princesa se sentía pertenecer. Y como fruto de un magnífico hechizo, el pianista plasmó sus sentimientos en aquella abrumadora melodía. Era abrumadora por la cantidad de compases, de notas complejas que lo componían. La princesa solía jugar a imaginarse siendo el famoso pianista atormentado, jugaba a imaginar sus sentimientos segundos antes de componer aquella maravilla. Ella suponía que eran sentimientos muy hondos, que habrían calado en su alma y, estaba claro, eran unos sentimientos de una tristeza tal que, cuando oías la canción, no podías evitar liberar un par de lágrimas.

Tan brillante era aquella composición que Schuster, su autor, pudo vivir bien de lo que le rentaba, sin tener que volver a hacer ningún trabajo más para subsistir. Y, efectivamente, tras crear aquel deleite para el alma, el piano de Schuster enmudeció hasta el día de su muerte, consumido por sus sentimientos. Mike Schuster murió en una tremenda soledad y vivió la más grande de las penas, aquella que le consumió en vida.
Ofelia se preguntaba cuál podría haber sido el motivo de tal pena, el motivo de aquella enfermedad que se lo llevó a la tumba enfermo. Cerraba los ojos, sentada sobre el arcón a los pies de la cama, y jugaba a imaginarse a Mike junto a su piano, sonriendo por última vez. Antes de que la pena sobre él se cerniera, antes de componer su última y excelsa melodía.
Ofelia inspiró una larga bocanada de aire y, al fin, abrió los ojos llenos de lágrimas. La gramola había enmudecido, la sonata de soledad había concluido. Pero una sonrisa se dibujaba en el rostro de la princesa, como meciéndose entre sentimientos encontrados, como embargada por una gigantesca empatía que la abordaba sin compasión. Anhelaba a ese hombre, lo anhelaba sin razón y se apenaba por su enfermedad, cruel maldición. Si no fuera porque casi un siglo  de distancia temporal los separaba, estaba segura de que hubiera escapado, hubiera corrido durante días hasta alcanzar el poblado. Habría llamado a la puerta del músico y, tras observar sus ojos enjugados en lágrimas por un eterno instante de belleza, le habría abrazado poniendo todo su corazón en ello. No es que la princesa fuera una persona pasional o impulsiva, no. Era una persona más bien introvertida, solitaria y, en secreto, una persona tremendamente empática. Más no empatizaba con cualquiera. Era una persona que sentía, desde lo más hondo de su fuero interno, que había venido a este mundo para “conectar” con alguien. Y sentía que ese alguien era el señor Schuster. Más que maldita tragedia se cernía sobre los hombros de la muchacha, que había ido a nacer 80 años después de que el compositor feneciera consumido por la pena y la soledad.
Ofelia levantó la aguja y volvió a poner la gramola en funcionamiento, deseando volver a escuchar aquella melodía que hacía a su imaginación volar y que junto a Schuster la llevaba.
Era pues la princesa como aquellos campos vírgenes sobre los cuales soñaba con trotar libre, era tan pura como los árboles del gran bosque. Aquel bosque que separaban sus reinos del poblado, en las lindes del reinado. Ofelia se creyó volar, levitaba en su imaginación junto a las notas de aquella persona tan lejana que sentía tan cerca de ella. Era un completo desconocido, alguien a quien nadie más volvería a conocer, pues su tiempo expiró y por siempre en un desconocido se convirtió. Volando entre las notas de Mike, Ofelia pudo verle. En el recuerdo del mundo del más allá unas imágenes se colaron en su mente. Como si de un film antiguo se tratase, de color sepia se iban sucediendo las imágenes. Ella las observaba expectante con la emoción de un niño en navidad, el día antes.

Schuster aparecía sentado frente a su piano y había una mujer, agazapada, a su lado. Se miraban con la intensidad de unos enamorados, con la gravedad del amor.  Él sonreía, sincero, sumido en la conexión visual que establecía con la mujer, a su lado. El sol entraba por el ventanal, que se situaba al fondo de la estancia, iluminándola con un cariz cálido que otorgaban los rayos de sol al traspasar las cortinas color crema. Ella alzó su mano derecha, su mano izquierda reposaba sobre la rodilla derecha de Mike, en un gesto de cariño, acarició su rostro y él inclinó ligeramente la cabeza mientras cerraba los ojos y se sumía en la hilaridad que aquello le producía.

De repente, Ofelia abrió los ojos y volvió a la realidad. Embargada por la emoción escribió un poema, un poema que dedicó a Schuster, titulado “ El vals imaginario”.



















El color de la felicidad-The Unknown (73)

Rameses surcaba el mar en su pequeña barca. Las manos sobre los remos y la mente en el recuerdo… Llenando de melancolía el aire. El silencio se apiadaba de su figura, recortándose en el horizonte, mecida por las mareas. Por la piel del anciano, cuarteada y arrugada por el transcurso de los años, descendió una lágrima, conmovida por la pena de aquel hombre. Aquella recorrió el relieve de las mejillas de Rameses, oscilando ascendentemente y descendiendo en cada pliegue. El anciano peinaba sus cabellos a cada rato, alborotados por la brisa marina, acariciados por el espíritu del mar, colmados por el viendo de zéfiro al soplar. Eran unos cabellos ondulados, canos y largos, que alcanzaban los hombros del anciano.
Rameses solía portar una gorra chata que ordenaba en algo su melena, similar a una boina. El impermeable que llevaba puesto la última vez que salió de la cabaña le acompañaba, en un rincón de la pequeña barca, junto con sus pensamientos… cargados de melancolía, que con respeto en aquel rincón fueron depositados.

La marea seguía meciendo la barca con cariño, como si se tratara de un pequeño niño, como un recién nacido a punto de caer dormido. Fruto de su soledad, Rameses había cultivado las ramas del olvido en su jardín particular. Y las había regado con melancolía, con esa dulce tristeza que a otros atraía y que a él solo le servía de sustento para su planta de la soledad, arraigada en su corazón. Aquel músculo marchito que había quedado tostado por las olas del sol, tan arrugado como la piel del anciano. Hastiado, dolido, resignado a ver el tiempo pasar, sin vida, sin poder realmente amar. Rameses se recostó sobre el lecho de la barca, dejando caer el telón de sus párpados, dejándose llevar por las olas de la melancolía, en silencio, mudo en mitad de sus pensamientos.

El sol acariciaba su piel, la acariciaba con la ternura de una madre, viendo a su hijo llorar por haberse desollado las rodillas al jugar. Allí yacía, el cuerpo taciturno de Rameses próximo a la orilla. Rameses deseó desaparecer, podía morir en aquel mismo instante. Estaba cansado de vivir aquella farsa, de callar, de vivir silenciando lo que realmente sentía, lo que, en soledad, pensaba y no decía. Las voces de algún coro próximo a sus emociones se alzaron conmovidas en un eco, al unísono, por todo el paisaje.

Pasaron las horas y Rameses no encontró, bajo el telón de sus ojos, más que oscuridad y silencio, retumbando en sus oídos de una manera antinatural. Aunque, de alguna manera, también poco natural, él ya había amoldado su cuerpo al silencio, ya se había acostumbrado.

¡Rameses!
Una voz se presenció, tajante, en el silencio de su cabeza, llamándole con decisión. En un principio el anciano  hizo caso omiso a aquello, creyéndose desvariar. Y a los pocos segundos, de nuevo en su mente… ¡Rameses! ¡Rameses levanta! El viejo dio un respingo y se irguió, pudiendo ver una figura en la orilla. Una figura inconfundible a sus ojos. Su traje ondulaba al son del viento. Miraba hacia donde se encontraba él, expectante. Y de repente, como acudiendo de improvisto, un torrente de lágrimas afloró desde los ojos ajados del anciano, recorriendo su rostro sonrojado. La barca seguía ondulando en el paisaje y Rameses sin poder formular una palabra, un pensamiento…nada.

Y su traje apenas podía cubrir el hermoso lila de su piel violácea… El cariz de la felicidad tenía un color que nace de las lágrimas del abandono y el fuego del deseo… Eran ardientes y helados los tonos de la felicidad… Eran todos en uno en tu rostro rebosante de beldad. Eras tú, mi Viola, mi dulce Viola, después de siglos de oscuridad… Que viniste a encender las luces de éste aciago cuarto, después de los años y el trascurso del tiempo. Mi amada, por siempre, Viola.









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lunes, 7 de abril de 2014

El pacto.La grandeza del ser humano-The Unknown

Rameses  recostó a la chica sobre su cama  y le  tomó la temperatura. Él, en otro mundo, fue médico , así que no le supuso mayor problema darle los cuidados  auxiliares que la chica necesitaba. Estaba deshidratada y parecía que hubiera estado caminando por días, como si se hubiera escapado de su hogar.
Pasado un tiempo la chica despertó y se incorporó sobre el camastro. Paseó la mirada  por la habitación  y  pudo  encontrar a  Rameses preparando un té  con  dedicación en  el gesto. Le  llamó con voz  entrecortada  pero no hizo  falta  que pronunciara  gran  cosa. Rameses  ya se  había situado  frente a  ella  con un tazón humeante de  té. Se  lo entregó  sin decir  palabra  y  permaneció mirando a Emma  beberlo sorbo a sorbo  y tranquilizarse.

Tras  haber dejado pasar los minutos pertinentes  Rameses  formuló una  sola  pregunta  : ¿Estás  pensando en    volver  a  casa? Ella  negó  con  la  cabeza  y contestó  con un simple  “No existe  la posibilidad de volver a casa”. El hombre no hizo más preguntas aunque las   tenía.
-Podrías tener una segunda oportunidad, llamar a casa  y hablar con tus padres- Dijo- Estoy seguro de que tus padres  ya están preocupados.
Pero fue el silencio lo que obtuvo como respuesta. Y  eso  fue suficiente para iniciar la nueva vida que  Rameses  había planeado sobre  la  marcha.

Aquella noche llovió copiosamente. Llovía en los ojos de  Emma  y  en los campos de  trigo  y arrozales. Emma se quedó dormida sosteniendo con fuerza la almohada entre sus manos, Rameses durmió en el suelo, entre mantas de un gran grosor.
Lo  que no sabía Rameses  era a cerca del vínculo sagrado que , desde aquel día, se estaría fraguando. Muchas fueron los días que pasó cuidando de la niña, muchos  que pasaron de largo con rapidez. El día se suspendía en un  columpio, la noche se desvanecía de los acantilados . Y, con el transcurrir del tiempo, el lazo se fue robusteciendo…  Haciendo que los cielos cambiaran su dictamen  y  retando al destino en sus caprichos.

La noche esconde el misterio,
Que bajo las faldas del día se esconde.
El destino se estremece
Con la perseverancia  de los hombres
Y la grandeza que puebla su reino.
En lo  ancho y largo  del reino
Donde habita el desconocido.
Aquel ser tan extraño y tan cercano,
Aquel ser aparentemente mundano
De interior nada profano.
Aquel que no puedo poseer
Y que albergo sin entorpecer.



La belleza habita por donde la quieras ver, abunda por doquier. Mas solo el que camina hacía la  sabiduría habita entre belleza noche y día.




Aquí  les dejo un vídeo donde sale Rameses :)

La beldad de Rameses. En busca del atardecer-The Unknown

Rameses se encontraba caminando hacia el atardecer. En sus pupilas no se inscribían las llamaradas que sol le regalaba, no había, al fin y al cabo, nada. En ellas moraba el vacío que el instinto proporciona, en ellas un vacío que conmociona. Pero en su pecho... En su pecho se relataba otra historia completamente diferente. Era en su corazón donde las emociones se inflaban como pompas de jabón para, con gran intensidad, explotar en el aire... como su alegoría de jabón. Era amor, el amor que durante años se había mantenido vivo en las brasas de su alma, en las llagas de su corazón.

Aunque no siempre fue así, no siempre se mantuvo como un rescoldo, como el resquicio de las llamaradas. Con la pérdida transcurrieron los años con suma lentitud y, con los años transcurrió la pérdida con gran dolor. Las primeras semanas Rameses permaneció en una burbuja de irrealidad, como sumergido en la inconsciencia que un golpe tal proporciona, como queriendo escapar de las evidencias, de las garras de la propia realidad. Rameses se mantuvo, por semanas, tumbado en su cama. Se la habían arrebatado- Comenzó a asumir la realidad. No podía ni si quiera hablar, ni discutir con quien, hasta escaso tiempo, había sido su amada. Mas el tiempo y la distancia no hacían más que evidenciar que nunca dejó de serlo que, mientras él la amara siempre se pertenecerían el uno al otro. Pues en el subconsciente de este pobre hombre vivía con claridad la certeza de que, de alguna forma, Viola seguía pensando en él. De que Viola, estuviera donde estuviera, seguía viviendo entre suspiros que no pertenecían a nadie más que a él.

Y aunque se hubiera ido, incluso aunque ya nunca volvieran a coincidir en el espacio-tiempo, aunque eso se diera sus corazones seguirían ladrando como uno solo, como perros vagabundos en busca de un techo bajo el que resguardarse... que eran el uno para el otro, el hogar. Y es que era en este caso el corazón el portador de certezas y conclusiones y no la razón, como antes solía ser.

Rameses siempre pensó que
si tienes corazón debes usarlo,
darle vida, entregarlo.
Con pasión su vida vivía.
Cultivó multitud de hobbies
y el trabajo no lo eludía.
Era un trabajador de noche y de día.
Era un hombre del día
que por la noche vivía.
Paradojas sin sentido escribía,
mas su corazón con fuerza las fruncía
y con más fuerza aún latía.
Sintiéndose poseedor de verdades del alma,
de verdades inmortales.

Eran este tipo de evidencias y su forma de vivir las que conservaron a Rameses durante largo tiempo. El dolor fue remitiendo y convirtiéndose en la fogata latente y dormida que ahora vivía, instalada, e su pecho. Y así transcurrieron los años y las décadas, en su cabaña en mitad de la pradera. Su existencia era muy solitaria. Llevaba una vida en soledad, atendiendo sus asuntos y cultivando el campo con dedicación. Era un buen jornalero y un gran coleccionista de pipas. Mas un día todo esto, en pequeños ápices y a grandes rasgos, cambió.

Rameses se encontraba arando el campo y cortando trigo con su azada. Era un día soleado y el calor estaba haciendo de la jornada algo bastante pesado. El calor evaporaba el agua del rocío y hacía ascender, desde los extensos campos de trigo y los arrozales un humo blanquecino que se difuminaba en el aire y desaparecía, dando un toque desértico y tenebroso al paisaje. De repente, no muy lejos de él, en el camino, una figura. Rameses alzó el torso y la mirada para observar a una hermosísima muchacha envuelta en lágrimas y embutida en un precioso traje que le daba aspecto de muñeca de porcelana. Pero pocos segundos después de haberla avistado, ésta se desplomó sobre el albero del camino, como un árbol recién talado.


Desde aquel día Rameses cuidó de la misteriosa muchacha sin hacer preguntas ni inquerir respuestas.

domingo, 6 de abril de 2014

Saltos dimensionales-The Unknown

Los reflejos del tiempo arremolinándose en mis tobillos eran espirales infinitas. Yo corría tan rápido como mis pulmones me permitían para alejarme del lugar donde yacían conmovidos multitud de recuerdos y noches de desvelos junto a un amor que no correspondía, junto a él. Aún podía cerrar los ojos y verle, ver su rostro amable recontándose en sombras sobre la oscuridad de la habitación donde compartieron tanto y donde tanto amor fue puesto en cada beso.
Mis pies descalzos me proporcionaron el dolor suficiente para recordarme que estaba viva, que ni soñaba ni moría. Cuántas historias hechas jirones, cuántos momento por compartir. Cuánto y nada se agolpaba en mi conciencia. Mis cabellos ondulaban en la noche, agitados, como mi corazón y mi alma, rotas en pedazos lo suficientemente grandes como para cargar con ellos en la noche de la huida.
No tenía a donde ir ni donde resguardarme. No sabía qué sería de mí mañana y aun así corría con decisión fuera de la casa del miedo y las dudas, cobarde. Tan solo había un nombre que resonaba en mi cabeza como un susurro: Rameses. El mañana traería sus renovadas cuestiones y preocupaciones mas ahora he de centrarme en atravesar los límites del bosque. Debía encontrar un lugar donde hospedarme, un techo bajo el cual recostarse y dormir, cuando estuviera ya lejos de allí.
Pronto las calles secundarias dieron lugar a la avenida principal del poblado, muy lejos ya de la casa de Mike. Extremó las precauciones y dejó de correr para no llamar la atención. Aunque su color violáceo no fuese un gran aliado para ello. Había varios transeúntes en la noche. Probablemente fuesen jóvenes que volvían de pasar la mayor parte de la noche en algún pub con sus amigos. Viola caminó con cautela, sin mirar a nadie a los ojos, sin mirar directamente. Sostenía con su mano derecha el vestido, que colgaba desde sus hombros, se ondulaba en sus caderas y bailaba libre con su caminar, a la altura de sus piernas. Este gesto era muestra de su nerviosismo, del nervio que recorría todo su cuerpo y la tensión que iba contracturando su espalda y haciéndola más rígida por momentos. Giró un par de veces a su derecha, buscando la salida del poblado. Se cruzó con varios gatos que le maullaron, con su consecuente susto y respingo. Comenzó a caminar sobre las puntas de sus pies, con gracia. El lugar se aproximaba, el lugar estaba al llegar.
Y es que viola no tenía ninguna intención de caminar y caminar hasta llegar a su destino, no. Viola escondía secretos en su pecho de recital, en el habitáculo de su corazón musical. Alzó la punta de sus pies, suspendiéndose en el aire, bailando con gráciles gestos, girando con los ojos cerrados. Justo en los límites del poblado, los cuales no podría atravesar sin un visado, Viola comenzó a observar un torrente de luz que se agolpaba frente a ella. Tras unos segundos después de los primeros tenues destellos Viola alzó sus manos y, con las pupilas de sus ojos dilatadas, abrió un portal que le llevó... muy muy lejos de allí. Una vez hubo introducido su cuerpo en el óvalo de luz éste se estremeció y desapareció con la rapidez con que apareció.
Viola viajaba por un agujero de gusano, agasajada por el cantar de los violines, agasajada por el trino de sus instrumentos hechos a mano.

-Viola...¿Dónde estás?

El despertar-The unknown

¿Cómo puede uno continuar cuando le han arrebatad todo lo que es? ¿Se puede uno sentir con ganas de deshacer el techo de su habitación y poder llorar junto a la lluvia? ¿se puede?
¿Puede uno pertenecerse a uno mismo cuando todos los pensamientos que alberga pertenecen a la otra persona?-Mike susurraba todos estos pensamientos deshilvanados mientras permanecía tumbado, boca arriba, sobre la cama que había deshecho la noche anterior junto a Viola. Desaparecida.

Su pequeño corazón palpitaba en su pecho, como llorando en un tono muy bajo, para que Mike no le escuchara. Sin embargo Mike no podía parar de llorar sin cesar. Se sentía desvalido, indefenso, raquítico sobre aquella cama. Impotente e incapaz de cerrar la ola de lágrimas que se desparramaba por toda la cama, incapaz de levantarse y seguir.
Lloraba, mirando al techo lloraba sin cesar. Pronunciando el nombre de Viola entre sollozos, su descarnado corazón sangraba como un pájaro herido.

El viento entraba por  el ventanal de la habitación de Mike, a través de unas cortinas de color crema. Le daban un tono cálido a la habitación, a la vez que dejaban pasar la luz con facilidad, iluminándola. La brisa se colaba entre la barandilla del ventanal y calmaban el calor que la pena estaba produciendo en el hombre que se encontraba tumbado en mitad de la habitación, observando el techo sin mirar realmente.
Comenzó a moverse levemente después de haber permanecido así por horas. Y se movió para peinar sus cabellos. Cuidadosamente, los peino con las yemas de sus dedos, tratando también de calmar la pena y dormirla aunque solo fuera un momento. Es peligroso ingerir una cantidad de tristeza muy grande. Sobre todo cuando se la va dejando libre, cuando sale. Puesto que es una tarea que puede destrozarte por dentro, desgarrarte y desollar tu interior. Hay que tener muchas precauciones con el dolor, al fin y al cabo.

Al fin, Mike levantó su cuerpo entumecido por el dolor. Posó la planta de sus pies en el suelo, comenzando por la yema de los dedos, con cuidado de no caer redondo sobre el suelo. Temblaba levemente y, aunque ya no sollozaba con la violencia que lo hizo, aquellas grandes lágrimas seguían rodando por su pálido rostro de tez aterciopelado. En el interior de Mike alguien, sin previo aviso, había apagado las luces y había cerrado la puerta con llave. Dejándole completamente solo y con miedo. ¿Qué sería de él ahora? ¿Qué de su pobre alma y aquel  gigantesco agujero?



Mike, ojalá estés oyendo mi pena, ojalá sepas el dolor que albergo por tener que marcharme así. Ojalá sepas que llegué a quererte, a amarte… Y eso me dio miedo.

La pérdida-The Unknown

Viola salió corriendo de la casa de Mike aquella noche. Desapareció, como el humo de la medianoche, se esfumó. Alzándose, violeta, por las calles sus pisadas desaparecieron. Guiada por el latir de su corazón, lo único que tenía era la noche. Se alejaba por segundos, desaparecía por minutos. Viola y su tersa piel lila; Viola de trenzas violetas.
Los ecos de la noche hicieron las veces de reclamo,
Los ojos abiertos en la noche  espectadores
De aquella tragedia que estaba acaeciendo.
Observando la fuerza del destino
Actuando en el mundo del desconocido.

Las trompetas celestiales sonaron en el amanecer, al despertar de aquellos ojos llenos de mar. Y coro angelical cubría con cuidado, como si de un velo de seda se tratase, el cuerpo de Mike.

Tienes problemas y los siento.
Sé que tan solo querías salvarte y lo sé.

Mike al fin se incorporó en el lecho de su cama, aquella que solía compartir con el ser más bello del mundo. Y nunca conoció un invierno tan frío… Mike no recordó jamás como quemaban las heridas y cómo, de hecho, ardieron.

Sé que te importa,
Lo veo en la oscuridad de tus ojos.
Y los siento, siento su dolor.

Mike alzó la mirada, dio una vuelta con sus ojos por toda la habitación, haciendo certeros sus peores miedos, dando vida de nuevo a sus demonios. Por una milésima de segundo sintió como una fina espina se clavaba en su corazón. Después, una vez dentro de él, se agrandó. Cambió de grosor e hizo que el dolor le cegase por unos instantes. Mike cerró los ojos, pasó su mano temblorosa por encima de ellos, como tratando de calmar el dolor, de disiparlo…
Volvió a mirar de un lado a otro, con la boca reseca y humedad en los ojos, buscando desesperadamente la figura de su amada en algún rincón del habitáculo, sin éxito…

Hizo una mueca y torció los labios dando muestras de un evidente dolor en el pecho. Trataba de tragar todo el veneno que se acumulaba frente a él y lo intoxicaba sorbo a sorbo. Tosió varias veces y… de repente… explosiones en su mente. Sabía que NADA iba a volver a ser lo mismo, que todo cambaría, que se hundía su vida.
Ahora sabes que todo lo que hiciste propio se está hundiendo.
Todo lo que poseíste te esfuma entre tus manos.
Y nada volverá a ser tuyo, nada será lo mismo.



-Viola…














Love don´t live here anymore-The Unknown




      Estabas hiriéndome. Te marchaste con las manos manchadas de sangre, la sangre del culpable. Pero cada mañana volvías a mí, como cada criminal vuelve a la escena del crimen.
Los problemas parecían tan lejos, tan irreales… Junto a ti todos los colores cambiaban, mutabas la realidad y la hacías informe, sin forma. Siempre volvías a mí…
      Mas un día no cayó la misma lluvia. El agua cesó y el arcoíris, bajo el sol, murió. En la ventana de mis ojos todo el mundo puede ver el vacío que habita en mi… ¿Por qué te tuviste que ir? Y el amor no vivió más en mí. Me lo arrebataron, con violencia lo violaron. Mis lágrimas colmaban mis ojos, sonrojados, vaciando el mar de mis ojos. Con cada lágrima me vaciaba un poco más, era como un grifo abierto, como un canal de agua, como un animal herido.
   Y en la distancia, tu seguías apuñalándome. El amor ya no salpicará nunca más aquí. Cierro los ojos y espero morir, espero verte allí. Los tambores de mi corazón se apagaron. Como apagando motores, mi tren se paró. Quedé sumido en el silencio, en el vacío más aterrador que nunca pude respirar. Antes solías vivir dentro de mí, Viola. Antes mi amante solías ser. 

     ¿Por qué?¿Por qué diste vida a mis demonios de nuevo? Ahora no soy más que un recuerdo de todo lo que pasó, una mancha en el recuerdo.
Me estabas hiriendo, con el desgarro fui desangrándome, cayendo poco a poco sobre el suelo de mármol de lo que solía ser mi hogar. ¿No ves que te echo en falta, que necesito tu amor? Rompiste mi corazón, lo sostuviste entre tus garras y lo estrangulaste hasta que sangró y se deshizo en mil fragmentos que se llevó el viento. Tú estabas hiriéndome… Con la distancia que era otro tipo de violencia, otro tipo de maltrato.
      Supongo que te veré en un futuro, supongo que tendremos muchas historias que contar. Pero aún no puedo evitar cerrar los ojos y desear mi muerte.

Fragmento 54 de la nueva saga de "El desconocido"



viernes, 4 de abril de 2014

Melodías, canciones y pasiones.Viola junto a Mike.Sonata-The Unknown

Yo trataba de encontrar un lugar en este mundo, un lugar especial, donde no pasara el tiempo, donde poder levitar dejar las cargas caer en el vacío de la infinidad. Yo buscaba y buscaba incesantemente la puerta abierta a aquel mágico lugar. Algo en mi interior me decía que existía, que yo podía llegar. Que lo iba a encontrar.
Sobre tu lecho tus costillas, tu ombligo, tus pechos. Sobre tu faz tus labios, tus ojos tu cabello jugando a volar. Y este cautiverio al que me sometes con tu hechizo mortal del que nunca jamás me quiero desatar. Es tu prisión, tus miradas, tus manos sosteniendo las mías… los que me hacen amar este lugar en cautividad.
Eres tu, eres tu… Quien me está cambiando, me está desvariando, mi alma estás nublando… Con las tinieblas de tus ojos. Con las tinieblas donde antes había solo cielo, solo mar, solo paraíso por disfrutar. Aún tu canto sigue llenando de nubes mis suspiros, aún tu piano sigue haciendo de mi mente un desatino. ¿Qué has hecho conmigo? ¿Y todo ese deseo? ¿De dónde vino? Estoy segura de que lo trajiste conmigo. La pasión, el deseo y este dulce desatino que es mi unión a ti por desdén del destino. Es esa manera que tienes de colmar de teclas el ambiente, es ese desprecio y amor con el que pulsas las teclas de tu piano… que hacen que me desquicie y luche con mis pasiones desatadas en vano. Eres tu, todo tu. Tu violencia, tu desenfreno, tus ganas de comerte el mundo entero… Tu pasión, que dan alas al carnero. Tu forma de mantener la respiración y calmar tus ansiosos dedos a lo largo del pobre lecho del piano. Las teclas gimen de placer por tu brutal quehacer y yo las envidió y las maldigo aún si no fuera por que regalan esa sonora melodía que llena y el alma ilumina, guía.
Tu siempre serás quien haga de todas estas sensaciones un remolino, un remolino sin orden ni concierto, sin freno, un desatino. Cojo mi violín como maquinando una venganza. Rauda, sostengo mi violín sobre el hombro. Los ritmos de tu piano se iban acelerando y tu te cernías sobre el fondo del teclado, te inclinabas en un esfuerzo de concentración í



mprobo, supino. Mis notas comenzaron a volar en el aire, las pude liberar. De mi pecho salían sin más, de mi pecho las vi brotar. Salvajes, combatían tu hermosa melodía. Y, en mitad del combate, mis acordes cayeron rendidos ante los encantos de tus sonoras melodías. Las teclas que a un angel guardián guían, las notas que el alma elevan e iluminan…aquellas notas… nacidas del propio Zeus en su sonata divina. Mi torpeza eran truenos de escarmiento en mi mente, truenos violentos. Pero vamos a terminar lo que comenzamos. La velocidad de mis dedos iba aumentando, su velocidad para nada iba mermando. Y de esta alocada situación surgió una excelsa melodía, que nació de la combinación… La combinación de mis pasiones y tu locura compositiva. En el cielo se estaba dando una batalla, una revolución. El Olimpo entero estaba en conmoción… Por aquellas notas de hermosura inabarcable que se alzaban desde nuestro cuarto hasta los confines del más allá… Que se alzaban, osadas, sin más.
Pero terminemos lo que empezamos. Y una vez la melodía hubo concluido, tú cerraste la tapa de un golpe seco, yo me despojé del violín con un gesto certero. Mis ojos sobre los tuyos, los tuyos sobre los míos, acribillándome. Tu voz preguntando por mis pasiones, mi sonrisa resolviendo tus cuestiones. Pude ver cómo se extendían las comisuras de tus labios, pude ver cómo te relamías. Te abalanzaste sobre mí, sobre mí te cernías. Me alzaste con la fuerza de tus brazos. Con pasión, mi cuerpo se acopló al tuyo y comenzó a acariciarlo con sus curvas, de natural estilizado y de piel aterciopelado. Nos besamos, nos besamos hasta dejar nuestros labios morados. La pasión salía a borbotones y las palabras caían sobre el suelo, al igual que las camisetas, sujetador y pantalones. Tu, tu…!Tu! Vas a ser siempre quien me disloque de esta manera, quien haga de mis pasiones el embrollo de una melena, quién peine mis deseos más turbios, mis fantasías enjuague y enjabone mis labios con saliva y mordiscos que todo el cuerpo recorrían.

Me miraste por unos segundos ante de que las luces se desvanecieran y lo demás acaeciera. Me miraste, indefensa, desplomada sobre las sábanas, sonrojada… E hiciste que gimiera como si no hubiera un mañana.

miércoles, 2 de abril de 2014

Pasión-The Unknown

Mike se levantó de su silla. Yo había entrado en la habitación para verle tocar, para meterme dentro de sus ojos llenos de mar. El desconsuelo se batía en duelo en el interior de su alma y yo me limitaba a mirar como eso se daba lugar. Mike, cuando te vi por primera vez no eras más que un desconocido, un ser extraño a mí. La voz de mis pensamientos se fundió en desconsuelo, se hizo un gemido, se derritió y desapareció entre la bruma de mis emociones. Lo que no sabía es que tú tenías planes para mí, que tu estabas ahí cuando yo caí del cielo por alguna razón. De nuevos más voces quebradizas en mi mente. Mientras todo esto se sucedía tu ya estabas frente a mi, mirándome y envolviéndome en el mar de tus ojos, como por sorpresa, como de improvisto, con aquellos preciosos ojos.
Posaste tu mano derecha e mi mejilla, acariciándola con carillo, y miraste a mis ojos con una interrogación en el mirar, como buscando una respuesta en el fondo de mis pupilas. Tus ojos se tambalearon, miraron en varias direcciones y se volvieron a centrar en el fondo de mi ser, escudriñándome, desnudándome. Posaste tu otra mano sobre mi cadera y me trajiste hacia ti. Había un extraño brillo en tus ojos y yo no pude escapar al misterio que ellos abarcaban, al misterio y la incógnita que tu presencia entera me suscitaban. Al tiempo que tu mano sobre mi cadera se aferró con firmeza, comenzaste a besarme. Derrochabas pasión y yo permanecía inmóvil ante ti, como paralizada ante tus actos. Me besabas y el sabor era delicioso, me estabas envolviendo con tus carnosos labios y el tacto era irresistible. Te separaste por un instante de mis labios enrojecidos por tu furia y tu lacerante pasión. Los mordiste. Besaste mi cuello. Acariciaste mis pechos. Me quitaste la ropa con sumo cuidado, con calma. Yo estaba allí, frente a ti, completamente desnuda. Completamente desarmada en cuerpo y alma. Tu me tenías frente a ti, con mi ser sobre tus manos, con mi corazón en tu boca. Tu lengua recorría todo mi cuerpo. Me excitabas, me acelerabas, me hiciste sentir cosas que nunca antes había experimentado. Tu y yo, tumbados sobre la cama, desnudos. Recuerdo muy bien cómo me mirabas, cómo me miraste cuanto entraste de repente en mí. Yo gemí de placer, como enmudeciendo en ello. Con un sonido apagado en el silencio, siguiendo tu ritmo. Seguí a tu cuerpo, a tus caderas junto a las mías. Presa de tus manos entrelazándose a mí. Presa de ti, de tu rabia y tu pasión, me hice una contigo, me uní a ti por un instante de eternidad. Hiciste de mí tu propiedad. Me hiciste tuya en el mismo instante en el que entraste en mí.

Y ahora que has maldicho todas mis noches no puedes salir de mi mente, de mis deseos acallados, de la pasión prohibida que por ti siento.
Pictures from "Things we lost in the fire"-BASTILLE

martes, 1 de abril de 2014

Desperfectos. Un nuevo mañana. Mike.-THE UNKNOWN



Mike era un chico muy dulce. Su voz mis mañanas endulzaba y su piano por las noches me despertaba. Era un chico en armonía, hermoso y, a su manera, muy cuidadoso. Cada mañana llenaba mi habitación de rosas recién cortadas. Cada mañana, con un beso me levantaba. Solía acariciar mi rostro y, cuando yo entreabría los ojos al fin, me miraba con aquellos ojos llenos de mar, con aquellos preciosos ojos llenos de mar. Sus besos eran cálidos, eran muy tiernos. Eran como estar en casa. Sus caricias me despertaban y me regalaban un nuevo mañana. La habitación estaba llena de sol, llena de la luz del sol. Y Mike vestía una camiseta blanca de algodón y unos pantalones vaqueros azules. Acababa de traerme mi racimo diario de rosas. Lo sabía porque sus manos aún estaban impregnadas de aquella idílica fragancia.
 Su piano no eludía mis sentidos, los excitaba. Exaltaba mi capacidad para apreciar la música y me extasiaba, de alguna manera Mike era un pedacito de mar. Un pedacito de cielo que vino a mi cuando yo en este lugar aparecí. No se puede decir que le quiero, no puedo decir que le ame. Pues solo amas verdaderamente una vez en la vida, más las demás veces son un intento desesperado de reencontrarte con las mismas excelsas y sublimes sensaciones que trajeron la vez primera. Pero, de alguna forma, mi simpatía por él era algo más que mera simpatía y algo menos que amor, dulce ambrosía. Y el percibía ese lánguido afecto, ese esquelético amor que caminaba por mi pecho y merodeaba en mi interior.
Cada noche Mike lloraba, amargamente frente al piano se desahogaba. Y yo no podía  ignorar su pena, su dulce pena. Era bien cierto que Mike, con una sola mirada lograba llenar mis ojos de estrellas, mi cama de  sueños y mi almohada de desvelos. Mas no era amor aquello que yo siento ¡No! No es amor.
Yo sé que él, Mike, mi dulce  Mike, en muchas ocasiones no es capaz de verbalizar lo que piensa, de materializar lo que siente. Y, fruto de su mutismo, mudo se encarcela e su interior. Mudo, acariciabas mi corazón. Aquella noche Mike no paró de tocar el piano. El piano sonó hasta las 5 de la mañana. Fue un día especialmente duro para él, sabiendo que mi corazón le pertenecía a otra persona ¿Quién podría llevar esa carga? Nadie más que yo, pero ¿Por qué él? ¿Por qué este dolor para él? ¿No era una maldición propia? ¿Por qué se esparció el dolor, pues? Aquella noche yo vestía un camisón de seda, se ajustaba a mi cuerpo y, en algunas zonas dejaba ver el cariz violáceo de mi piel tersa como la misma seda que la cubría. Mike cesó su sonata, cesó el llanto y vino a mi encuentro. A los pies de mi cama él se descalzó. Caminó por ella hasta que me encontró recostada sobre su lecho y con la mirada clavada en sus ojos llenos de mar, en aquel pedazo de cielo sin nube alguna que lo pudiera enturbiar. Pero aquel pedazo de cielo estaba cansado de llorar. Enrojecidos, cerró los ojos y acercó su rostro al mío. Le acaricié, acaricie con inmensa ternura su piel. Su rostro era delicado, como todo su ser. A penas crecía barba en su mentó, otorgándole una gran suavidad. Mike volvió a abrir los ojos. Susurró mi nombre y, mientras los entrecerraba, sus labios presionaron los míos con la misma ternura de siempre. Me besó, se recostó sobre mí y me besó llenando mi cuerpo de besos. Mike sostenía mi rostro y yo deslicé mis manos por su cabellera, acariciándole. Paró. Paró por unos segundos y se mantuvo mirándome con aquellos preciosos ojos llenos de mar. Yo no pude evitar ruborizarme. Me abrazó y cayó en un profundo sueño que le llenó de paz. Al fin, la paz que, despierto, no pudo alcanzar.





 https://www.youtube.com/watch?v=-rzPmH0cdDo&list=RD_osc6a-DaAQ