Yo trataba de encontrar un lugar en
este mundo, un lugar especial, donde no pasara el tiempo, donde poder
levitar dejar las cargas caer en el vacío de la infinidad. Yo
buscaba y buscaba incesantemente la puerta abierta a aquel mágico
lugar. Algo en mi interior me decía que existía, que yo podía
llegar. Que lo iba a encontrar.
Sobre tu lecho tus costillas, tu
ombligo, tus pechos. Sobre tu faz tus labios, tus ojos tu cabello
jugando a volar. Y este cautiverio al que me sometes con tu hechizo
mortal del que nunca jamás me quiero desatar. Es tu prisión, tus
miradas, tus manos sosteniendo las mías… los que me hacen amar
este lugar en cautividad.
Eres tu, eres tu… Quien me está
cambiando, me está desvariando, mi alma estás nublando… Con las
tinieblas de tus ojos. Con las tinieblas donde antes había solo
cielo, solo mar, solo paraíso por disfrutar. Aún tu canto sigue
llenando de nubes mis suspiros, aún tu piano sigue haciendo de mi
mente un desatino. ¿Qué has hecho conmigo? ¿Y todo ese deseo? ¿De
dónde vino? Estoy segura de que lo trajiste conmigo. La pasión, el
deseo y este dulce desatino que es mi unión a ti por desdén del
destino. Es esa manera que tienes de colmar de teclas el ambiente, es
ese desprecio y amor con el que pulsas las teclas de tu piano… que
hacen que me desquicie y luche con mis pasiones desatadas en vano.
Eres tu, todo tu. Tu violencia, tu desenfreno, tus ganas de comerte
el mundo entero… Tu pasión, que dan alas al carnero. Tu forma de
mantener la respiración y calmar tus ansiosos dedos a lo largo del
pobre lecho del piano. Las teclas gimen de placer por tu brutal
quehacer y yo las envidió y las maldigo aún si no fuera por que
regalan esa sonora melodía que llena y el alma ilumina, guía.
Tu siempre serás quien haga de todas
estas sensaciones un remolino, un remolino sin orden ni concierto,
sin freno, un desatino. Cojo mi violín como maquinando una venganza.
Rauda, sostengo mi violín sobre el hombro. Los ritmos de tu piano se
iban acelerando y tu te cernías sobre el fondo del teclado, te
inclinabas en un esfuerzo de concentración í
mprobo, supino. Mis notas comenzaron a volar en el aire, las pude liberar. De mi pecho salían sin más, de mi pecho las vi brotar. Salvajes, combatían tu hermosa melodía. Y, en mitad del combate, mis acordes cayeron rendidos ante los encantos de tus sonoras melodías. Las teclas que a un angel guardián guían, las notas que el alma elevan e iluminan…aquellas notas… nacidas del propio Zeus en su sonata divina. Mi torpeza eran truenos de escarmiento en mi mente, truenos violentos. Pero vamos a terminar lo que comenzamos. La velocidad de mis dedos iba aumentando, su velocidad para nada iba mermando. Y de esta alocada situación surgió una excelsa melodía, que nació de la combinación… La combinación de mis pasiones y tu locura compositiva. En el cielo se estaba dando una batalla, una revolución. El Olimpo entero estaba en conmoción… Por aquellas notas de hermosura inabarcable que se alzaban desde nuestro cuarto hasta los confines del más allá… Que se alzaban, osadas, sin más.
Pero terminemos lo que empezamos. Y una
vez la melodía hubo concluido, tú cerraste la tapa de un golpe
seco, yo me despojé del violín con un gesto certero. Mis ojos sobre
los tuyos, los tuyos sobre los míos, acribillándome. Tu voz
preguntando por mis pasiones, mi sonrisa resolviendo tus cuestiones.
Pude ver cómo se extendían las comisuras de tus labios, pude ver
cómo te relamías. Te abalanzaste sobre mí, sobre mí te cernías.
Me alzaste con la fuerza de tus brazos. Con pasión, mi cuerpo se
acopló al tuyo y comenzó a acariciarlo con sus curvas, de natural
estilizado y de piel aterciopelado. Nos besamos, nos besamos hasta
dejar nuestros labios morados. La pasión salía a borbotones y las
palabras caían sobre el suelo, al igual que las camisetas, sujetador
y pantalones. Tu, tu…!Tu! Vas a ser siempre quien me disloque de
esta manera, quien haga de mis pasiones el embrollo de una melena,
quién peine mis deseos más turbios, mis fantasías enjuague y
enjabone mis labios con saliva y mordiscos que todo el cuerpo
recorrían.
Me miraste por unos segundos ante de
que las luces se desvanecieran y lo demás acaeciera. Me miraste,
indefensa, desplomada sobre las sábanas, sonrojada… E hiciste que
gimiera como si no hubiera un mañana.
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