Con cada nota de aquel piano la brisa se iba tornando más y más cálida.
Llegaba a ser una sensación desagradable al principio...
...Pero no lo suficiente como para mermar la curiosidad de las luciérnagas en mirar.
Sus suspiros se arremolinaban en torno a sus dedos.
Como poseídos por algún tipo de fuerza benigna,
como hechizados,
como ajenos y más propios que nunca.
El traje era pálido y el Satén de sus lágrimas había tejido gasas en sus mangas.
***
Sus pies descalzos recorrían el claro del bosque.
Era la hora.
Era el momento.
Todo era más evidente que extraño.
Todo estaba al revés.
Necesito ballestas que miren al cielo para cazar barcos pesqueros.
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