miércoles, 3 de julio de 2013

Rameses y su jardín lleno de ranas.

-Emma,¿Puedes oírme ahora?.
¿Puedes?-

No había mucho más que sudor y desesperación sobre las pecas de Emma.
La habitación en penumbra no conseguía equipararse con la oscuridad de su enfermedad.
Emma tenía estrellas negras en mente. Y negras eran sus noches de demente.


Era la voz de Rameses que le llamaba.
La voz de aquel hombre que nunca nada preguntaba...
...Y que todo por ella lo daba.

Rameses solía remangarse los pantalones baqueros todas las mañanas.
Era un hombre de costumbres  y como vital costumbre a las vacas ordeñaba.
No teñía su barba aunque el tabaco rubio rubia la dejaba.

Y cada día,
como cada Sol,
Rameses sus pipas ordenaba.

.
.
.

Emma jugaba a imaginar a Rameses divirtiéndose todo el día.
Era un hombre ya mayor, sí, pero la diversión a nadie eludía.
Y Rameses era su noche y su día.
Rameses, el hombre que nunca nada preguntaba...
...Y que todo por ella lo daba.



Rameses,ojalá estés escuchando mis ganas de oírte pasarlo bien.
Ojalá puedas escuchar mis deseos de verte jugar con las ranas del jardín.



Y un día, sin comerlo ni beberlo, Rameses paró sus pies rumbo a casa.
Entornó los ojos. Incluso los guiñó un poco.
¿Qué era aquello?
¿Atardecer?

Pero... ¿Y ese vibrar?

Y el Sol tras las olas del mar se parecía ocultar.

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